Escuché esa frase de un alumno de una Escuela de la Familia Agrícola durante el último encuentro InterEFAs, y desde entonces volvió una y otra vez a mi pensamiento. Tal vez porque, detrás de su aparente sencillez, encierra una concepción profundamente humana de la educación: reconocer que no todas las personas aprenden de la misma manera, que no todos recorren los mismos caminos y que educar supone, antes que uniformar, acompañar.
En una época atravesada por la velocidad, la competencia y la comparación permanente, nuestras escuelas tienen la oportunidad —y también la responsabilidad— de proponer una mirada diferente.
Una educación que no mida únicamente quién llega primero, sino que sea capaz de reconocer procesos, trayectorias, contextos, capacidades e intereses.
Respetar el ritmo de cada estudiante no significa disminuir las exigencias educativas. Significa comprender que la verdadera calidad de la enseñanza se construye cuando cada alumno encuentra las condiciones necesarias para aprender, desarrollarse y descubrir aquello que puede aportar a su comunidad.
En Misiones existen instituciones educativas en las que esta concepción no necesita demasiadas explicaciones, porque forma parte de su propia historia. Son comunidades donde se comprende naturalmente que nadie se realiza completamente en soledad y que el crecimiento individual está profundamente ligado al bienestar de los demás.
Las Escuelas Públicas de Gestión Privada de nuestra provincia, y particularmente las Escuelas de la Familia Agrícola, constituyen una expresión especialmente significativa de esta manera de entender la educación.
Las EFAs no son solamente establecimientos educativos. Representan una experiencia pedagógica estrechamente vinculada con el territorio, con las familias, con el trabajo y con las comunidades rurales.
En ellas se manifiesta una parte esencial de lo que podríamos llamar el espíritu misionero: la solidaridad, la cooperación, el esfuerzo compartido, el vínculo con la tierra y la convicción de que las dificultades se enfrentan mejor cuando existe una comunidad organizada.
En nuestras colonias y parajes, esta lógica comunitaria forma parte de la vida cotidiana. Se comparte una herramienta, una semilla, una experiencia productiva o una jornada de trabajo. Se ayuda al vecino cuando una helada perjudica la producción, cuando una tormenta destruye un techo o cuando alguna familia atraviesa una situación difícil.
La escuela no puede permanecer ajena a esa cultura. Por el contrario, debe reconocerla, fortalecerla y convertirla también en experiencia educativa.
Cada cual a su ritmo:
La educación contemporánea nos recuerda que aprender no es un proceso uniforme. Algunos estudiantes comprenden mejor observando; otros, haciendo. Algunos necesitan preguntar, debatir o experimentar. Otros requieren más tiempo para apropiarse de determinados conocimientos.
La educación situada reconoce esas diferencias y procura construir oportunidades para que todos puedan aprender.
En las EFAs esta concepción se relaciona además con una pedagogía profundamente vinculada con la experiencia. El aula dialoga con la chacra, con la familia, con la producción, con la comunidad y con el ambiente. El conocimiento no aparece separado de la vida cotidiana, sino integrado a ella.
Por eso, acompañar el ritmo de cada alumno no significa simplemente esperar. Significa observar, comprender, orientar, enseñar y volver a enseñar cuando sea necesario.
Cada cual a su estilo:
Tampoco existe una única manera de construir un proyecto de vida.
Hay jóvenes que encuentran su vocación en la producción agropecuaria. Otros en la tecnología aplicada al agro, en la administración, en la docencia, en los servicios, en los emprendimientos productivos o en múltiples actividades que pueden contribuir al desarrollo de sus comunidades.
La educación debe brindar herramientas para que esas posibilidades puedan desplegarse.
Educar para el arraigo no significa limitar horizontes ni impedir que un joven conozca otros lugares o experiencias. Significa algo mucho más profundo: permitirle elegir.
Que quien decida quedarse pueda hacerlo porque encuentra oportunidades para estudiar, trabajar, producir y desarrollar un proyecto de vida digno en su propia comunidad.
Y que quien decida partir pueda llevar consigo una identidad sólida, el conocimiento de sus raíces y la certeza de saber de dónde viene.
Educar también es ayudar a construir una vida con sentido
La educación no puede reducirse a la obtención de un título.
Por supuesto que los títulos son importantes. Certifican saberes, habilitan estudios superiores y amplían posibilidades laborales. Pero la misión educativa es todavía más amplia.
Educar significa ayudar a las personas a construir autonomía, responsabilidad, pensamiento crítico, capacidad para convivir con otros y herramientas para encontrar un lugar en el mundo.
Una escuela cumple profundamente su misión cuando un joven puede mirar su realidad, comprenderla y sentirse capaz de transformarla.
Y existe algo especialmente valioso cuando esa transformación comienza en el propio lugar de origen.
Cuando un egresado de una EFA se convierte en productor, emprendedor, profesional o trabajador de su comunidad; cuando genera empleo; cuando participa en organizaciones locales; cuando mejora una actividad productiva o cuando decide que sus hijos estudien en la misma institución que contribuyó a su formación, entonces la educación adquiere una dimensión que supera ampliamente las paredes de la escuela.
Se transforma en desarrollo humano y comunitario.
Estar donde sucede la educación:
Desde el Servicio Provincial de Enseñanza Privada sostenemos una convicción sencilla pero fundamental: la política educativa necesita cercanía.
Las decisiones administrativas, las normativas y los procedimientos son indispensables para garantizar el funcionamiento del sistema educativo. Pero ninguna política educativa puede comprender plenamente la realidad si permanece alejada de las escuelas.
Por eso elegimos estar.
Estar donde la educación sucede.
En las aulas.
En los patios.
En las reuniones con las familias.
En las jornadas docentes.
En los encuentros deportivos.
En los espacios de capacitación.
En las comunidades rurales.
Porque muchas de las experiencias educativas más significativas ocurren precisamente allí.
Suceden cuando un estudiante de una EFA de San Antonio comparte un mate con otro estudiante de Dos de Mayo y descubre que, aunque viven a kilómetros de distancia, tienen problemas, sueños y esperanzas similares.
Suceden cuando docentes de distintas instituciones intercambian planificaciones, estrategias, preocupaciones y experiencias.
Suceden cuando una familia participa de una actividad escolar llevando algo preparado en su casa para compartir con otros.
Esas situaciones pueden parecer pequeñas, pero construyen algo fundamental: comunidad.
Diferentes escuelas, un mismo espíritu:
Las EFAs de Misiones tienen realidades diversas.
Funcionan en territorios diferentes, con comunidades diferentes y con desafíos productivos, sociales y educativos también diferentes.
Sin embargo, comparten una identidad.
La identidad del arraigo.
Arraigo es conocer nuestras raíces y valorar el lugar del que provenimos.
Identidad es comprender quiénes somos y qué historia compartimos.
Comunidad es reconocer que nuestro futuro individual también depende del futuro de quienes viven junto a nosotros.
Trabajo cooperativo es comprender que las dificultades se enfrentan mejor cuando existen redes de solidaridad y organización.
Eso fue precisamente lo que pude observar en el último encuentro InterEFAs.
Había actividades deportivas y naturalmente había competencia. Pero detrás de la competencia existía algo mucho más importante: encuentro.
Los jóvenes competían y después se saludaban y se abrazaban.
Los docentes intercambiaban experiencias.
Las familias compartían alimentos y conversaciones.
Las escuelas dejaban de ser instituciones aisladas para reconocerse como parte de una comunidad educativa mucho más amplia.
El futuro nos inspira:
Desde el SPEPM afirmamos con frecuencia que “el futuro nos inspira”.
No queremos que sea solamente una consigna institucional.
El futuro nos inspira cuando observamos jóvenes capaces de imaginar proyectos en sus propias comunidades.
Nos inspira cuando un egresado decide producir, emprender o generar trabajo en su localidad.
Nos inspira cuando una escuela constituye un espacio de encuentro para una comunidad que, sin ella, probablemente tendría muchas menos oportunidades de desarrollo.
Y nos inspira especialmente saber que mientras exista una escuela abierta en cada rincón del interior misionero habrá una posibilidad concreta de construir futuro.
La escuela sostiene conocimientos, pero también vínculos.
Sostiene familias.
Sostiene comunidades.
Sostiene identidad.
Y, muchas veces, también sostiene la decisión de permanecer y construir un proyecto de vida en el lugar donde uno nació.
Por eso, desde el Servicio Provincial de Enseñanza Privada, queremos seguir acompañando.
Cerca de cada institución.
Cerca de cada director que comienza su jornada antes de que salga el sol.
Cerca de cada docente que transforma una dificultad en una oportunidad de aprendizaje.
Cerca de cada familia que confía en la escuela.
Y especialmente cerca de cada estudiante que merece encontrar allí una posibilidad para construir su propio futuro.
Porque quizás una de las enseñanzas más profundas que nos ofrecen las EFAs sea también una de las ideas más sencillas de nuestra cultura misionera:
nadie construye verdaderamente su futuro solo.
El futuro se construye con otros.
Se construye acompañando.
Se construye compartiendo.
Se construye estando presentes.
En definitiva, se construye en comunidad.
Y acaso por eso aquella frase de un estudiante sigue teniendo tanta fuerza:
“Cada cual a su ritmo, a su estilo… y con lo que le hace feliz.”
Porque una buena educación no pretende que todos recorran exactamente el mismo camino.
Procura que cada persona pueda encontrar el suyo, sin perder nunca de vista que ese camino forma parte de una comunidad a la que pertenecemos y con la que compartimos nuestro destino.
Dr. Luis Bogado
Director Ejecutivo del SPEPM