Estamos preparando a
nuestros hijos para un mundo que cambia más rápido de lo que somos capaces de
comprender. Y quizás el mayor peligro no sea que nuestras escuelas avancen
demasiado lentamente, sino que, en el esfuerzo por alcanzar esa velocidad,
olvidemos para qué educamos.
Un alumno puede obtener en
pocos segundos, mediante inteligencia artificial, la solución de un problema
que todavía no comprende. Puede acceder a millones de respuestas sin haber
aprendido a formular las preguntas correctas. Puede comunicarse instantáneamente
con personas de cualquier continente y, sin embargo, sentirse profundamente
solo.
Esta es una de las grandes
paradojas de nuestro tiempo: nunca tuvimos tanta información disponible y,
sin embargo, nunca fue tan necesario enseñar a pensar, discernir y encontrar
sentido.
El papa Francisco lo
advirtió con extraordinaria lucidez cuando habló de la rapidación: esa
aceleración vertiginosa de los cambios tecnológicos, culturales y sociales que
modifica permanentemente nuestros puntos de referencia. En 2022 pronunció una
frase que debería estar presente en cada debate educativo:
«El exceso de velocidad
pulveriza la vida, no la hace más intensa».
No estaba condenando el
progreso. Nos estaba recordando algo esencial: la velocidad de las máquinas no
es necesariamente la velocidad del desarrollo humano. Y esa diferencia
constituye uno de los mayores desafíos de la educación actual.
De los ferrocarriles a la
inteligencia artificial: dos siglos que cambiaron nuestra vida
Hace unos días llegó a mis
manos un video del conferencista Jonatan Loidi que presenta, de manera muy
gráfica, la extraordinaria aceleración de las transformaciones tecnológicas.
Durante el siglo XIX, la
humanidad conoció avances revolucionarios: el ferrocarril, el teléfono, la
expansión de la electricidad, la fotografía y el fonógrafo.
El siglo XX nos sorprendió
con la aviación, la radio, la televisión, la computadora, la energía nuclear,
los grandes descubrimientos de la genética y la llegada del hombre a la Luna.
Cada uno de esos
acontecimientos modificó profundamente nuestra manera de vivir, trabajar,
comunicarnos y comprender el mundo. Pero en las primeras décadas del siglo XXI
ocurrió algo diferente.
Las grandes
transformaciones comenzaron a manifestarse cada vez más a través de plataformas
digitales, redes sociales, aplicaciones, servicios y algoritmos.
Facebook, YouTube,
WhatsApp, Instagram, Spotify, Uber, Airbnb y tantas otras innovaciones no
solamente introdujeron nuevos productos o servicios. Transformaron nuestras
relaciones, nuestros hábitos de consumo, la economía, la cultura y hasta la
manera en que construimos nuestra identidad.
Y entonces apareció la
inteligencia artificial generativa, que comenzó a modificar actividades que
durante mucho tiempo consideramos exclusivamente humanas. La comparación de los
tiempos de adopción resulta impresionante.
Según estimaciones
difundidas en 2023, Instagram necesitó aproximadamente dos años y medio para
alcanzar los cien millones de usuarios. TikTok llegó a una cifra semejante en
unos nueve meses. ChatGPT habría alcanzado los cien millones de usuarios
activos mensuales en apenas dos meses.
Más allá de las diferencias
metodológicas de estas comparaciones, el fenómeno es evidente: las
innovaciones se difunden hoy a una velocidad extraordinaria y transforman la
vida social antes de que muchas instituciones hayan terminado de comprender sus
consecuencias.
Esta es la verdadera
dimensión del problema. No estamos simplemente ante una época de cambios. Estamos
viviendo un cambio de época.
La escuela no puede seguir
enseñando como si el mundo estuviera detenido
Frente a esta realidad,
debemos hacernos algunas preguntas incómodas. ¿Podemos continuar enseñando
exactamente de la misma manera que hace treinta años? ¿Es razonable evaluar
solamente la repetición de información cuando una máquina puede recuperarla y reorganizarla
en segundos? ¿Estamos enseñando a nuestros alumnos a construir conocimiento o
simplemente a reproducir respuestas? ¿Formamos jóvenes capaces de resolver
problemas nuevos o solamente de repetir soluciones conocidas? ¿Y qué estamos
haciendo para preparar a los docentes frente a transformaciones que ya
ingresaron a nuestras aulas?
Desde el SPEPM debemos
asumir una posición clara: la educación no puede permanecer como espectadora
de los cambios que están transformando la sociedad. No es tiempo de
inmovilismo, de comodidad institucional ni de descansar sobre los logros del
pasado. Porque mientras discutimos si debemos cambiar, el mundo ya está
cambiando.
Pero tampoco podemos
confundir innovación con la simple incorporación de pantallas, aplicaciones o
dispositivos. Una escuela no es moderna porque utiliza inteligencia artificial.
Es moderna cuando logra que sus alumnos aprendan mejor, piensen con autonomía,
comprendan la realidad y desarrollen capacidades para transformarla.
La tecnología debe estar al
servicio de la pedagogía, y no la pedagogía subordinada a la tecnología. No
necesitamos escuelas que solamente enseñen a utilizar herramientas nuevas.
Necesitamos escuelas que enseñen a pensar qué hacer con ellas, cuándo
utilizarlas y cuándo resulta necesario prescindir de ellas.
El desafío de Misiones:
educar para el mundo sin perder nuestras raíces
Esta reflexión adquiere una
dimensión particular en nuestra provincia. Misiones es una tierra de
contrastes, de diversidad cultural, de trabajo, de tradición y de permanente
esfuerzo por progresar.
Nuestra educación de
gestión privada comprende instituciones urbanas y rurales, escuelas
confesionales y no confesionales, cooperativas educativas y experiencias
pedagógicas tan valiosas como las Escuelas de la Familia Agrícola, que vinculan
el aprendizaje con el trabajo, la familia y la comunidad.
No todas nuestras
instituciones tienen las mismas realidades, recursos o posibilidades de acceso
a las tecnologías. Y precisamente por eso debemos evitar que la revolución
digital genere una nueva forma de desigualdad educativa. El futuro no puede
ser un privilegio reservado para quienes tienen mejor conectividad, mayores
recursos económicos o acceso a las tecnologías más avanzadas. Un estudiante
de una comunidad rural de Misiones tiene el mismo derecho a desarrollar su
talento que uno de cualquier gran ciudad del mundo.
Debemos aspirar a que
nuestros jóvenes puedan comprender y utilizar las tecnologías globales sin
dejar de valorar la historia de su comunidad, el esfuerzo de sus familias, el
cuidado de nuestra tierra y las oportunidades productivas de la provincia. Necesitamos
formar personas capaces de dialogar con el mundo, pero también comprometidas
con el desarrollo de Misiones. Porque el verdadero progreso no consiste en
abandonar nuestras raíces, sino en convertirlas en una plataforma para
construir el futuro.
Y aquí aparece otro desafío
que no podemos eludir. El reciente encuentro de análisis de resultados PISA
realizado en Posadas por AIPEM y el SPEPM reafirma la importancia de abordar
seriamente la calidad de los aprendizajes. No habrá transformación educativa
auténtica si nuestros alumnos no desarrollan una sólida comprensión lectora,
razonamiento matemático, pensamiento científico y capacidad de expresión. Estas
competencias fundamentales no pertenecen al pasado. Son indispensables para el
futuro.
No se puede construir
pensamiento crítico sin conocimientos. Tampoco se puede aprovechar
responsablemente la inteligencia artificial sin comprender lo que se lee,
interpretar la información y reconocer los errores. La innovación no debe
reemplazar lo esencial: debe ayudarnos a enseñarlo mejor.
Las cinco capacidades
humanas que debemos cultivar
Frente a la aceleración
tecnológica, propongo que nuestras instituciones otorguen una atención especial
a cinco capacidades que deben atravesar toda la formación escolar.
Primera: pensamiento
crítico y discernimiento. En una sociedad saturada de información,
nuestros estudiantes necesitan aprender a distinguir la verdad de la mentira,
los hechos de las opiniones y el conocimiento de la manipulación.
No alcanza con encontrar
una respuesta. Hay que saber si es correcta, comprender cómo se construyó y
evaluar sus consecuencias. La escuela debe formar personas capaces de
preguntar, investigar, contrastar fuentes, argumentar y sostener convicciones
fundamentadas.
Segunda: inteligencia
emocional y educación del corazón. Vivimos en una cultura que
exige resultados inmediatos, compara permanentemente y convierte muchas veces
el error en motivo de frustración.
Debemos enseñar que
equivocarse forma parte del aprendizaje; que el esfuerzo tiene valor; que la
paciencia es una fortaleza y que el éxito no puede medirse solamente por la
velocidad o el rendimiento. La empatía, la solidaridad, la capacidad de
escuchar y el respeto por la dignidad del otro no son contenidos secundarios.
Son condiciones indispensables para una convivencia verdaderamente humana.
Tercera: cooperación y
cultura del encuentro. El mundo digital nos conecta, pero esa
conexión no siempre construye comunidad. Necesitamos recuperar el valor del
encuentro personal, del trabajo compartido, de la responsabilidad colectiva y
del diálogo entre generaciones. En una sociedad donde tantas veces se exalta la
competencia individual, educar también significa enseñar a construir con otros.
Ninguna escuela educa sola.
Necesitamos una alianza real entre docentes, familias, instituciones,
comunidades y Estado.
Cuarta: adaptabilidad y
aprendizaje permanente. La formación ya no puede concebirse como
una etapa que termina con la obtención de un título. Nuestros jóvenes
probablemente deberán actualizar sus conocimientos, aprender nuevas
herramientas y desempeñar actividades que hoy todavía no podemos imaginar.
Pero para aprender durante
toda la vida necesitan algo más que flexibilidad: necesitan disciplina
intelectual, perseverancia, curiosidad y confianza en su propia capacidad de
seguir creciendo. También los docentes y quienes dirigimos instituciones educativas
debemos asumir ese compromiso.
Quinta: interioridad y
sentido de la vida. Tal vez sea la capacidad más olvidada y,
al mismo tiempo, una de las más necesarias. En un mundo que nos exige estar
permanentemente conectados, debemos recuperar el derecho al silencio, a la
reflexión, a la contemplación y al encuentro con nosotros mismos. No todas las
respuestas aparecen en una pantalla. Hay preguntas que requieren tiempo,
maduración y profundidad.
Educar también es enseñar a
detenerse, a reconocer lo verdaderamente importante y a preguntarse no
solamente cómo vivir, sino para qué vivir.
León XIV: cuando el mundo
acelera, la educación debe recuperar el rostro humano
El papa León XIV ha
profundizado esta preocupación educativa. En su carta apostólica Diseñar
nuevos mapas de esperanza, de octubre de 2025, recuerda que una persona no
puede ser reducida a un perfil de competencias ni tratada como un algoritmo
predecible. Cada ser humano posee un rostro, una historia y una vocación.
Y en un mensaje
particularmente cercano a nuestra realidad, pronunciado el 22 de octubre de
2026, expresó la importancia de que las escuelas y universidades católicas
constituyan un hogar, un lugar donde cada estudiante se sienta esperado. Es una
imagen extraordinariamente profunda.
La escuela debe ser el
lugar donde un niño descubra que importa, donde un adolescente encuentre a
alguien dispuesto a escucharlo y donde un joven pueda construir su futuro sin
sentirse solo. Esta concepción humanista puede inspirar a todas nuestras instituciones
educativas, desde el respeto por la identidad y el ideario de cada una.
Porque, independientemente
de las convicciones particulares de cada comunidad, ningún estudiante
debería atravesar su escolaridad sintiéndose un número, una matrícula o un
expediente. Detrás de cada trayectoria escolar hay una persona que necesita
ser comprendida, acompañada y reconocida. Y ningún algoritmo, por más
sofisticado que sea, puede asumir por nosotros la responsabilidad moral de
educarla.
Una decisión que debemos
tomar ahora. La velocidad del cambio nos obliga a actuar. Necesitamos
escuelas abiertas a la innovación, docentes preparados, directivos capaces de
conducir transformaciones y familias comprometidas con la educación de sus
hijos.
Debemos revisar nuestras
prácticas de enseñanza, nuestros sistemas de evaluación y la manera en que
organizamos el aprendizaje. También debemos fortalecer la formación docente,
incorporar responsablemente la inteligencia artificial, mejorar los aprendizajes
fundamentales y construir instituciones capaces de acompañar las nuevas
necesidades de nuestros estudiantes.
Pero sobre todo,
necesitamos recuperar la convicción de que educar es mucho más que transmitir
conocimientos. Educar es despertar inteligencias, formar conciencias,
desarrollar talentos, construir valores y abrir caminos de esperanza. No se
trata de elegir entre tecnología y humanidad. Se trata de lograr que la
tecnología esté al servicio de una humanidad mejor.
Desde el SPEPM, este
debería ser uno de los compromisos centrales de la educación de gestión privada
en Misiones: preparar a nuestros estudiantes para vivir en el siglo XXI sin
renunciar a aquello que los hace profundamente humanos.
Porque podemos tener
escuelas equipadas con la tecnología más avanzada y, sin embargo, fracasar si
no somos capaces de enseñar a nuestros alumnos a pensar, convivir, amar y
encontrar sentido a sus vidas. Y podemos tener una escuela sencilla, en
cualquier rincón de nuestra provincia, donde un docente comprometido transforme
para siempre la existencia de un niño. Esa es la grandeza de la educación.
El futuro no espera, pero
necesita una brújula.
El ferrocarril transformó
las distancias. El avión transformó los viajes. Internet transformó las
comunicaciones. La inteligencia artificial está transformando nuestra relación
con el conocimiento. Pero ninguna de esas innovaciones puede decidir por sí misma
qué clase de sociedad queremos construir. Esa decisión sigue siendo
profundamente humana. Y comienza cada mañana, cuando una escuela abre sus
puertas y un docente se encuentra con sus alumnos.
Allí, en ese encuentro
aparentemente sencillo, se juega buena parte del futuro de Misiones.
No podemos detener el tren
del progreso. Tampoco debemos hacerlo. Tenemos la responsabilidad
de subirnos, comprender hacia dónde se dirige y ayudar a nuestros jóvenes a
conducirlo. Pero nunca debemos olvidar que la velocidad no determina el
destino. Y que llegar primero no significa necesariamente llegar mejor.
El mundo necesita cada vez
más inteligencia para avanzar. Pero necesita, sobre todo, más humanidad para
saber hacia dónde ir. Que nuestras escuelas no pierdan esa
misión.
Porque el futuro podrá
construirse con inteligencia artificial, pero solamente tendrá sentido si lo
construimos con inteligencia humana, responsabilidad y corazón.
El tren del futuro ya está
en marcha. Subámonos a él, pero llevemos siempre el corazón como brújula.





