La que viven sus vecinos todos los días. Porque mientras algunos disfrutan del verano, otros conviven con basura acumulada, calles abandonadas, pastizales altos y servicios que no llegan. Y cuando el Estado no llega, pasa lo inevitable: los vecinos terminan haciendo lo que debería hacer el municipio. Vecinos barriendo con escobas improvisadas, vecinos limpiando espacios públicos, vecinos organizándose para evitar riesgos sanitarios.
Eso no es participación ciudadana ejemplar, Eso es ausencia del Estado. Acá no hablamos de estética, hablamos de salud, de seguridad, de dignidad.
La basura no es solo fea: enferma.Las calles abandonadas no solo incomodan: aíslan.Los espacios públicos sin mantenimiento no solo se ven mal: se vuelven peligrosos.La pregunta es simple:
¿Dónde está el municipio cuando los barrios se organizan solos?
¿Dónde están las prioridades cuando lo básico deja de funcionar?
Porque una cosa es fomentar la participación vecinal,
y otra muy distinta es usarla como excusa para no gestionar.
La autogestión complementa.
No reemplaza.
Nunca reemplaza.
Y cuando el vecino empieza a sentir que paga impuestos pero igual tiene que barrer su calle, limpiar su esquina y reclamar eternamente para que lo escuchen, lo que se rompe no es solo el pavimento: se rompe la confianza.
Garupá no necesita relatos.Necesita gestión.Necesita planificación.Necesita presencia territorial.Los vecinos no piden milagros, piden lo mínimo, piden un municipio que esté, que escuche y que actúe.
Porque una ciudad no se gobierna desde el escritorio ni desde las redes sociales.Se gobierna en la calle.Y hoy, en muchas calles de Garupá, el Estado no está.